Remuevo el café. Ya no queda ni un grumo, pero me gusta el ruido de la cuchara chocando contra la taza. Estoy sola. La cocina, vacía, se apiada de mí. Intenta hablarme, a veces…lo que pasa es que siempre estoy demasiado ocupada. O no quiero escuchar lo que dice. Es cruel, afila los cuchillos y caldea el ambiente con comentarios que no vienen a cuento. Llevas meses sin preparar nada sólido en mis fogones, nena. No hay ganas. Desde que se fue, no hay ganas de nada. Ni siquiera de llorarle. Aparto rápidamente la nubecilla de recuerdos que se estaba formando entre mis ojos. Me centro en dibujar, con la cuchara en el aire, mis nuevos botines de ante. Oxford con tacón bajo y delimitado blanco. Lo más bonito de la tienda. Y del mundo entero, ya que estamos.

Mejor, mucho mejor. Bebo a sorbos rápidos el café. Dejo que resbale por mi garganta. Que dé un poco de calor a ese músculo pachucho que pretende llamarse corazón. Será presumido…

Ahora estoy tan calmada que dejo, incluso, que las malditas baldosas me susurren impertinencias. ¿Eso es todo lo que vas a comer, un café y un trozo de pan? Oh. Muérete.

Debo reconocer que algo de razón tiene. Desde hace algún tiempo, no soy más que sombras.


Por Aurora

1 comentarios:

Tomás D. M. Podio dijo...

¡Oh! ¡Aurora! Me encanta.